sábado 5 de diciembre de 2009

Alguna vez



Eras en aquel tiempo rubia y grande,
sólida espuma ardiente y levantada
Parecías un cuerpo desprendido
de los centros del sol, abandonado
por un golpe de mar en las arenas.

Todo era fuego en aquel tiempo. Ardía
la playa en tu contorno. A rutilantes
vidrios de voz quedaban reducidos
las algas, los moluscos y las piedras
que el oleaje contra ti mandaba.

Todo era fuego, exhalación, latido
de onda caliente en ti. Si era una mano
la atrevida o los labios, ciegas ascuas,
voladoras, silbaban por el aire.
Tiempo abrasado, sueño consumido.

Yo me volqué en tu espuma en aquel tiempo.


(Retornos del amor tal como era, Rafael Alberti)

sábado 28 de noviembre de 2009

Cosas que no soporto en un poema



Gracioso título el de ese libro. Y ya que hablamos de poemas, un pedacito de aquel reciente berrinche:



Resbala en el vidrio
mi cara acribillada de lluvia,
en el párpado una hamaca rota
y roja.
No estás

Tu ausencia es un grito helado
un eco de cristales quebrados,
borrasca de espinas y noches
que se derriten despacio,
clavos que mastican la carne.

Mientras tanto, lejos
tu risa es un amanecer
de pétalos y luces,
tu voz una jungla en celo.
Imposible ese orfebre
De lo que hay en tus ojos.

Es que el recuerdo talla puños
con la caricia de tu sombra.

Y yo,
mientras, apenas
un arrastrar sediento
por los médanos
que urden la tumba.

viernes 27 de noviembre de 2009

Orfebre



Y construí tu rostro.
Con adivinaciones del amor, construía tu rostro
en los lejanos patios de la infancia.
Albañil con vergüenza,
yo me oculté del mundo para tallar tu imagen,
para darte la voz,
para poner dulzura en tu saliva.
Cuántas veces temblé
apenas si cubierto por la luz del verano
mientras te describía por mi sangre.
Pura mía,
estás hecha de cuántas estaciones
y tu gracia desciende como cuántos crepúsculos.
Cuántas de mis jornadas inventaron tus manos.
Qué infinito de besos contra la soledad
hunde tus pasos en el polvo.
Yo te oficié, te recité por los caminos,
escribí todos tus nombres al fondo de mi sombra,
te hice un sitio en mi lecho,
te amé, estela invisible, noche a noche.
Así fue que cantaron los silencios.
Años y años trabajé para hacerte
antes de oír un solo sonido de tu alma.


(Fábricas del amor, Juan Gelman)

lunes 23 de noviembre de 2009

Iluminando


En nuestra meseta, ignorada por las luces vanidosas del puerto, también hay gente que produce gemas. Mucha gente productora, dicho sea de paso. Uno es Carlos Juárez, plástico de origen cordobés que se radicó en Neuquen allá por 1981 (justo el año de mi natalicio).

Multipremiado, expositor de alcance nacional y también internacional (llegó a exponer en Montreal, Canadá), jurado de numerosos salones y bienales, Carlos está exponiendo sus obras ahora mismo en el MNBA de Neuquén. Vale absolutamente la pena pegarse una vuelta. (Nota alusiva en el Río Negro)

Tiene una página, http://www.carlosjuarez.com.ar/, donde podemos encontrar su obra visual y también una deliciosa colección de haikus.

Gracias por tu arte, Carlos.

domingo 22 de noviembre de 2009

De locura y de muerte



Hace un tiempo se cumplió un nuevo aniversario del nacimiento de E. A. Poe. El bicentenario, para ser más exacto, palabrita ahora en boga.

Hoy día se lo reconoce como un gran maestro indiscutible. Incluso, primer profeta de géneros como la narrativa de ciencia ficción y el policial, en su vertiente más clásica: la del investigador deductivo, que resuelve los crímenes mediante lógica y razón, como si fueran rompecabezas. Opuesto, claro, a los exponentes de la posterior novela negra, con Chandler como abanderado. En el caso que nos ocupa, fue padre del gélido y ultrarracional detective Auguste Dupin, bastante antes de que Conan Doyle alumbrara al prototípico Sherlock Holmes. Actualmente no sólo se le reconocen estos laureles, sino que también se suele referenciar a Poe como un autor atormentado, proscripto por la sociedad norteamericana de su tiempo, la que lo señalaba como loco, farsante, charlatán, alcohólico perdido. Y más aún, que murió pobre y olvidado, un lugar común a estas alturas.

Empero, ciertos biógrafos han concluido recientemente en que hay algo de mito en esas afirmaciones, hechas dogma por la repetición y el paso del tiempo. Algo parecido a la infelicidad de Kafka, o la incultura literaria de Hemingway.

Bien, un resumen de este cambio de concepción en este artículo. Por el otro lado, hay un cuento de Poe que desde chico me supo fascinar. Especialmente, me gusta la forma en que logra esa atmósfera sombría, de encierro y colores tétricos. ¿Cuál? Éste mismo.